Con el barro hasta el cuello

noviembre 20, 2020
Hèctor Verdú Martí

El lunes salí a correr. Me gusta hacerlo por el bosque. Me hace sentir bien, me ayuda a poner mis preocupaciones en contexto y a ser más productivo. Había llovido durante el fin de semana y los caminos estaban embarrados y encharcados. En honor a mi madre y a mi abuela, que siempre velaban porque no volviera sucio a casa, cuando salgo a correr en estas condiciones, primero intento esquivar los charcos y el barro, pero es un agobio, porque no me puedo soltar y tengo que estar todo el rato controlando. ¿Para qué? ¿Para parecer perfecto? ¿Por el que dirán de mi si no vuelvo a casa presentable? ¿Para satisfacer las supuestas expectativas de los demás? No lo sé. ¿Qué es presentable, al fin y al cabo? Hasta que en algún punto tengo que meter el pie en el barro; es inevitable. Y a partir de ese momento ya estoy sucio y ya no importa volver a pisar un charco. Y entonces por fin soy libre, soy yo —aunque puede que también lo fuera antes, cuando controlaba. Pero ahora ya no tengo que preocuparme de controlar y puedo dedicar todos los esfuerzos que hasta entonces dedicaba a hacerlo bien y ser perfecto a ser yo mismo y pasármelo bien. Tengo derecho a no hacer todo el trayecto corriendo porque en algún punto las condiciones me obligan a parar y andar. El medio me obliga a adaptarme y humildemente cedo y disfruto. Pie en el barro, zapatilla empapada en el riachuelo porque, de lo contrario, no paso.

Hay algo más en ensuciarme. Cuando intento parecer perfecto, en realidad estoy reconociendo mi imperfección, aunque la niego. Intentar parecer forma parte de la ficción, es teatro; lo cierto es que creo que soy imperfecto y quiero esconderlo. ¡Cuánto trabajo! Es cansino. Pero cuando parecer ya no es posible y me pongo de barro hasta los codos, abrazo también mi imperfección, mi suciedad, aquello que normalmente intentaría esconder. Y finalmente soy libre, porque ese soy yo y no tengo que preocuparme de los demás. Al fin y al cabo, ellos ya saben lo que soy, y me juzgan más allá de lo que intente parecer. De hecho, me juzgan por lo que intento parecer, no por lo que soy.

Cuando intento parecer perfecto, en realidad estoy reconociendo mi imperfección, aunque la niego

Así que hoy voy a trabajar dispuesto a ensuciarme hasta los codos, poniendo toda la carne en el asador por ese proyecto en el que nadie se moja, apostando por ese equipo que hasta ahora pensaba que estaba lleno de incompetentes –puede que yo, el primero-, dispuesto a que nada sea como yo creo y que, a pesar de todo, esté bien. Voy a exponer mi verdad y voy a dejar que los demás la modelen con las suyas, sin apego, sin aspirar a que la mía sea más importante y mejor. Porque si me apego a ella sufro y bloqueo. Me vuelvo un obstáculo. Únicamente cuando no me apego a mi verdad, me estoy ensuciando, porque tengo que aceptar que mi verdad no es perfecta y que incluso puede ser falsa.

Por cierto ¿qué es perfecto al fin y al cabo? Un ideal. Por lo tanto, ficción. Y también el origen de mil frustraciones y amargura.

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